La masacre de Connecticut.

Todavía no puedo creerme esta masacre. El asesino de Connecticut no solo mató a su madre mientras ésta dormía y a seis educadores, sino también a numerosos niños que no podían protegerse de las armas de fuego de largo alcance. Fue un rifle semiautomático, es decir, sabía lo que iba a hacer. ¿Saben lo que le pasaba al pobre zagal que mató a tanta gente en Connecticut? Tenía síndrome de Asperger. Naturalmente, era muy inteligente, pero vivía apartado del mundo, no reconocía rostros y veía a cualquier persona como un enemigo. Pero lo que quiero dejar claro en esta ocasión es que no podemos ir apartando a los débiles. Toda violencia es un ataque a la paz y la justicia, pero sobretodo es una muestra de crueldad cuando la violencia se practica contra gente que NO puede protegerse ni defenderse, a saber, niños que en ese atentado rondaban los seis años.
La gente sólo se fija en la crueldad del asesino. Ay, qué mala persona, mira que matar a un niño... Pues no, aquel chico tenía problemas, muchos problemas, y lo que hizo aconteció porque él se desvió, se le cruzaron los cables, alguien le echó un vaso de agua en su cerebro lleno de circuitos eléctricos.
Pero los verdaderos héroes de esta historia con un final bastante triste y trágico, esos héroes, son los profesores. Esos hombres y mujeres tan valientes, esas buenas personas que, sin importar su talento, ya sea increíble o nefasto, nacieron con la vocación de cuidar y enseñar valores de la vida a los niños. Aquellos dioses reencarnados en humanos antepusieron su vida por salvar a los chavales. Su vida, aunque viviesen después, aunque muriesen más tarde.
Cuando veáis a un hombre matar a gente, no os fijéis en su cara de odio que refleje pura maldad, sino, a un lado, a la niña o al niño que, temblando de miedo, marca en un teléfono el número que avisará a la policía.
Y esta ha sido mi reflexión sobre la masacre de Connecticut.
Un abrazo,
Asier Olea.

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