El príncipe de Egipto.

Ayer me acosté enfadado. Rabioso. Furioso, indignado. ¿Saben ustedes la razón? La película animada El príncipe de Egipto (1998), de Dreamworks Animation. Esta película musical trata sobre Moisés, el profeta enviado por Jehová que liberó a los esclavos judíos de las garras opresoras, del yugo, de Egipto, es decir, es una adaptación del Libro del Éxodo, segundo libro de la Biblia.
Su madre era judía, pero lo abandonó en el río Nilo cuando el Faraón Ramsés II ordenó matar a todos los primogénitos judíos. El bebé fue recogido por la hija del Faraón cuando se bañaba en las aguas del Nilo, y lo acogió y lo crió junto a su hijo.
Moisés creció rodeado de riquezas y de esclavos. Moisés juega con carros, haciendo carreras con su hermano, y un día provocan la rotura de la nariz de una estatua. El Faraón sólo regaña a su hijo Ramsés, y Moisés replica que la culpa la tuvo él, y el Faraón le da una segunda oportunidad a Ramsés, que le regala un anillo a su hermano. Se inaugura una fiesta donde los sacerdotes tienen preparada una esclava para Ramsés. Éste comprueba que la esclava es muy rebelde y se la regala a Moisés, que sujeta la cuerda que la aprisiona. Ella opone resistencia y suplica que la suelte. Cuando Moisés lo hace, la esclava cae a una fuente, y es llevada a los aposentos de Moisés, pero escapa. El joven no la delata, pero la sigue, hasta que lo detiene su hermana biológica, Miriam, que le cuenta a su hermano cuál es su verdadera familia, y eso le cambia la vida. Ramsés huye de Egipto, y se encuentra con Dios en un gran árbol, que le ordena volver a Egipto para liberar a los esclavos. El joven obedece y ante la negativa del actual Faraón, su hermano, convierte el Nilo en un río de sangre.
Un río de sangre. Puede que tuviera un bastón lleno de colorante alimenticio rojo, o que el lodo del Nilo hubiera teñido el agua del río. Pero si Dios hizo eso, causó una gran catástrofe. familias enteras morían de hambre en aquella película. Tras esta catástrofe sucedieron nueve plagas más que diezmaron la población egipcia. No la israelita, solo a los egipcios. Las nueve plagas restantes eran las ranas, los mosquitos, los animales salvajes que mataban solo a egipcios; la peste, que acabó con miles de habitantes de Egipto; las úlceras incurables, el granizo de fuego y hielo, las langostas, la oscuridad. Moisés visitó al Faraón, y su hijo le vio. <<¿No es este el que ha hecho esto?>> dijo el niño con una cara de asco. No, señor. Los niños no odian. Quienquiera que hubiera dibujado los gráficos de la película, se equivocó con la cara del niño. Lo niños NO ODIAN. Parece que el director quiso dejar claro que todos los egipcios, incluso los niños, eran malas personas. La más cruel de todas las plagas, la última, fue la de la muerte de todos los primogénitos egipcios. Dios mandó sacrificar una cabra y pintar con su sangre todas las puertas de las familias judías. Se escuchaban los gritos de las familias a la noche, cuando Dios bajó a la tierra y mató a todos y cada uno de los primogénitos del país, excepto, por supuesto, a los buenos de los israelitas, su pueblo escogido.
A la mañana siguiente Moisés miraba con pena a las familias cuyos llantos quebraban el sonido del viento. Pero la chica que lo acompañaba cantó. Dijo que cualquier cosa era buena si se hacía con fe. Que si tenían fe, sucederían los milagros. Ramsés dejó escapar a los esclavos, pero cambió de idea cuando estos habían llegado a la orilla del mar. Una columna de fuego enviada por Jehová los detuvo, y Moisés, con la ayuda de Dios, logró dividir el mar en dos partes, haciendo posible que cruzasen. Lograron salvarse por poco, y murieron ahogados todos los egipcios que iban tras ellos excepto el Faraón.
Unas horas antes todos los primogénitos de las familias egipcias habían muerto, pero los malos malísimos de aquella historia eran todos los habitantes de Egipto. Todos y cada uno de ellos. Por eso las madres judías abrazaban a sus hijos, y los padres reían y voceaban, eufóricos. Y poco a poco, gracias a sus voces y cantos, gracias al buen Dios, que todo lo hace por amor, por la fe y por la paz, que asesina a millones de personas inocentes para demostrar su afecto hacia Israel, todos aquellos judíos empezaron a aplaudir.
Esta película fue hecha para que los niños la vieran, pero ni por asomo debe ser vista por niños. Es demasiado fuerte, muy cruel, y sólo porque se escuche música alegre que anima a creer en Dios, no puede ser considerada como una película para niños. Y menos tratando del tema que trata. El problema es que no se sabe escoger las historias adecuadas–que haberlas, haylas–para adaptarlas.
Yo también tengo mi opinión sobre lo que significa Dios para mí. Al igual que Unamuno, soy ateo creyente. Creo en Dios, pero no en la iglesia. Todos nosotros, durante nuestras vidas, si somos cristianos o nos vemos influidos por esta religión, debemos elegir nuestra forma de ver las historias de la Biblia. Yo ya he escogido la mía. No os olvidéis de la famosa cita latina Cogito, ergo sum [Pienso, ergo (luego) existo]. Pensáis, luego existís, pero existís para pensar. Pensad.
Y esta ha sido mi reflexión sobre la película El príncipe de Egipto.
Un abrazo,
Asier Olea.

2 comentarios:

  1. Creo que te equivocas. Nadie odia con tanta fuerza, pureza, sinceridad y superficialidad; como un niño: absolutamente impotente ante un mundo que aún no comprende y sin herramientas para defenderse fuera de las que la sociedad le otorgue; siempre que sus padres lo permitan.

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    1. Yo opino que un niño, aunque se enfada por no comprender nada de lo que lo rodea, no es capaz de odiar, porque el odio es una facultad humana y—según mi parecer—nos convertimos en humanos mientras crecemos. Aunque quién sabe, después de todo, puede que tengas razón.

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