Silla eléctrica.

La reflexión de este poema trata sobre, cómo no, la pena capital. Existió hace muchos años-o no tantos-en España, y en Francia, y en otros países. Incluso la familia al completo de Luis XVI murió de este modo injustamente, solo porque el rey francés intentó huir. Esperad... ¿he dicho "existió"? ¡Todavía existe! Se practica, sobre todo, en Estados Unidos, en la mayoría de los estados, excepto en unos cuantos, como por ejemplo, Alaska. En dos mil once se mató a 78 delincuentes. ¡78! ¡Fue el único país del continente americano en ejecutar en todo el año! ¿Sabéis cuál es el más cruel de estos actos de "justicia"-nótese la ironía-justamente injustos? La silla eléctrica. Dios mío, la silla eléctrica. Se moja la cabeza del reo con agua, y se baja ese tubo que ha matado a más de mil personas desde que fue inventado y puesto en práctica. Se le atan las manos y las piernas a la silla, y se le cubren los ojos con una cinta, normalmente de cuero, para que los ojos no se le salgan de las órbitas. El verdugo se aleja a la esquina de la celda, donde acciona la palanca. La electricidad comienza a fluir. El criminal empieza a agitarse. Intenta soltarse, pero no puede, porque está atado. Empieza a salir humo de su cabeza, pero él sigue vivo, sufriendo, y duele. Sobre todo, duele. Duele mucho. Es como si un millón de hormigas rojas africanas devorasen todo tu cuerpo, y siguieras vivo, o como si la Inquisición te serrara de la entrepierna para abajo. Dolería, ¿verdad? Sí, solo que no es "dolería". Para el reo no es un condicional, sino un presente de indicativo, porque duele, duele mucho.
Después de unos minutos de terrible agonía, el suplicio para. Un médico se acerca para comprobar que está muerto y le toma el pulso. ¿Que lo está? ¿A quién le importa?, ¿Que aún vive? ¡Pues a matarlo!. Vuelven a accionar la palanca, y los silenciosos sollozos y gritos dejan de oírse al mismo tiempo que las últimas gotas de sangre caen por debajo de la cinta de cuero
No solo hay que detener la pena de muerte por la cantidad de inocentes que la sufren sin poder demostrar su inocencia o un simple ataque de ansiedad o pánico que ocasionó el asesinato, sino porque no es algo ético. La ley del talión terminó hace cientos de años. "Si se mata a quien mató, quién mata se vuelve tan criminal como el asesino". No olvidemos la célebre cita de Mahatma Gandhi, "Ojo por ojo, y el mundo acabará ciego."
Un abrazo,
Asier Olea.

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