domingo, 27 de enero de 2013

Gracias por vivir.

Abridme la puerta, pido;
soy un simple caballero
sin riquezas ni dinero
que en batalla ha sido herido.

Vamos, entrad, por favor,
y yo os daré agua y comida,
curaré cualquier herida,
calmaré vuestro dolor.

Muchas gracias, chica hermosa,
Dios os pague esa bondad
tras esta gran tempestad,
y os vuelva a vos más dichosa.

Secaos con esta toalla
el agua de vuestra piel,
os traeré leche con miel
y olvidaréis la batalla.

Qué dos ojos celestiales,
valdrían una fortuna,
son lindos como la luna
y los caros minerales.

No me digáis esas cosas,
mis pupilas no me gustan,
son azules y me asustan,
pues las dos son horrorosas.

Para nada, hermosa dama,
ellas me dicen ¡miradme!;
pero por cierto, dejadme
reposar en una cama.

Por supuesto, os acompaño,
es muy noble salvar vidas,
seguro que esas heridas
son fruto de mucho daño.

Sí, por dominarlas lucho;
por ejemplo esta es de espada,
mas aunque no se ve nada
cierto es que me duele mucho.

[Él se estremece, callado
mientras la mano perfecta
de la dama desinfecta
una herida en su costado.]

Caballero, quizás quede
una marca en vuestra sien...
Da lo mismo, yo sé bien
que se hace lo que se puede.

Contadme como lograsteis
de aquel terrible lugar
de muerte herido escapar
y con cuantos escapasteis.

Sólo escapé yo, asustado
y no estaba tan herido,
entonces fui perseguido
y finalmente atrapado.

Y decidme, ¿qué os hicieron
cuando al fin os alcanzaron?
Mil palazos me atizaron
y al fin por muerto me dieron.

[Ella canta una canción
y deja un beso en la frente
del malvado delincuente
que robó su corazón.]

Señor, tenéis que dormir,
gracias por esta alegría
que mi habéis dado este día...
Gracias a vos por vivir.

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